Posts Tagged ‘viajes’

There are roughly three New Yorks

septiembre 7, 2013

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There are roughly three New Yorks. There is, first, the New York of the man or woman who was born there, who takes the city for granted and accepts its size, its turbulence as natural and inevitable. Second, there is the New York of the commuter–the city that is devoured by locusts each day and spat out each night. Third, there is New York of the person who was born somewhere else and came to New York in quest of something. Of these trembling cities the greatest is the last–the city of final destination, the city that is a goal. It is this third city that accounts for New York’s high strung disposition, its poetical deportment, its dedication to the arts, and its incomparable achievements. Commuters give the city its tidal restlessness, natives give it solidity and continuity, but the settlers give it passion. And whether it is a farmer arriving from a small town in Mississippi to escape the indignity of being observed by her neighbors, or a boy arriving from the Corn Belt with a manuscript in his suitcase and a pain in his heart, it makes no difference: each embraces New York with the intense excitement of first love, each absorbs New York with the fresh yes of an adventurer, each generates heat and light to dwarf the Consolidated Edison Company. . . .

“Here is New York”, E.B. White (1948).

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Metropolitan Museum

agosto 15, 2011

Las tallas egipcias de madera polícroma, las cabezas de basalto de los dioses y los faraones, los gatos momificados, las estelas funerarias griegas, los ídolos abstractos de las islas Cicladas, los bronces romanos de caras atormentadas y ansiosas, los carros etruscos, los cristos medievales, las rejerías góticas, los patios de palacios renacentistas, las armaduras de morriones emplumados y filigranas de acero, los clavicémbalos que pudo tocar Johann Sebastian Bach, los violines de Cremona, los toros alados asirios, las máscaras ceremoniales del centro de África, los trajes de brocados y los antifaces del carnaval de Venecia, las piraguas con calaveras talladas de los antropófagos de Polinesia, los primeros daguerrotipos, los bocetos en cera de las bailarinas de Degas, los mármoles y los bronces de Rodin, las pinturas eróticas de un dormitorio de Pompeya, una columna rota del templo de Diana en Éfeso, tan grande como el tronco de una sequoia, una Mujer de blanco pintada por Picasso en 1923 que es un retrato idealizado y una declaración de amor a su amiga norteamericana Sarah Murphy, un autorretrato de Giorgio de Chirico, una escena de cafetería de Edward Hopper, la luz gris de una habitación de Vermeer, la dignidad sosegada y alerta del Juan de Pareja de Velázquez, los vidrios pintados de una lámpara Tiffany, la historia entera de las artes, de las vidas, de todas las religiones y las herejías, de las técnicas egipcias de momificación, de los imperios y de las ruinas, de los arqueólogos que iluminaban con lámparas de petróleo las cámaras de las tumbas y excavaban la arena de los desiertos, de la soberbia de los plutócratas americanos que a finales del XIX recorrían el mundo comprando tesoros, templos enteros, obeliscos egipcios, pórticos despedazados, amuletos prehistóricos, collares incas de oro macizo, ojos de vidrio de exvotos ofrecidos en santuarios griegos: el Metropolitan es el reverso de esas religiones puritanas que proscriben las imágenes como blasfemias contra Dios; es el archivo del culto primitivo y plural de todas las imágenes, el santuario ingente consagrado a su celebración, a honrar a quienes las tallaron, las esculpieron, las pintaron, atreviéndose a reflejar la riqueza del mundo visible y a competir con ella creando gozosos simulacros que la imitan o imaginando criaturas que no existen en la realidad.

Antonio Muñoz Molina, Ventanas de Manhattan

Museum Girl

Música para viajar

agosto 7, 2009

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“Music has always been a matter of Energy to me, a question of Fuel. Sentimental people call it Inspiration, but what they really mean is Fuel. I have always needed Fuel. I am a serious consumer. On some nights I still believe that a car with the gas needle on empty can run about fifty more miles if you have the right music very loud on the radio.”

Dr. Hunter S. Thompson

Canciones para viajar, según El País

Viajar según John Steinbeck

diciembre 16, 2008

Cuando yo era muy joven y tenía dentro esa ansia de estar en otro sitio, las personas mayores me aseguraban que al hacerme mayor se me curaría este prurito. Cuando los años me calificaron de mayor, el remedio prescrito fue la edad madura. En la edad madura se me aseguró que con unos años más se aliviaría mi fiebre y ahora que tengo cincuenta y ocho tal vez la senilidad realice la tarea. No ha habido ningún remedio eficaz. Cuatro ásperos pitidos de la sirena de un barco aún me erizan el pelo de la nuca y ponen mis pies en movimiento. El sonido de un reactor, un motor calentándose, hasta el toc-toc de unos cascos herrados en el pavimento producen el viejo estremecimiento, la boca seca y la mirada perdida, las palmas ardientes y una agitación del estómago bajo la caja torácica. En otras palabras, no mejoro; en otras palabras más, el que ha sido vagabundo alguna vez, lo será siempre. Me temo que se trata de una cosa incurable. Expongo esto no para instruir a otros sino para informarme yo mismo.

Cuando el virus del desasosiego empieza a tomar posesión de un hombre rebelde, y el camino que lleva lejos de Aquí parece ancho y recto y agradable, la víctima debe hallar en primer lugar en sí misma una razón buena y suficiente para irse. Esto al vagabundo efectivo no le es difícil. Tiene incorporado un huerto de razones donde elegir. Luego debe planear su viaje en el tiempo y en el espacio, elegir una dirección y un destino. Y debe por último realizar el viaje. Cómo ir, qué llevar, cuánto tiempo estar. Esta parte del proceso es invariable e inmortal. La explico sólo para que los recién llegados al vagabundeo no crean, como adolescentes con un pecado recién urdido, que lo inventaron ellos.

Después de trazar el plan, disponer el equipo e iniciar un viaje, interviene y se hace cargo un nuevo factor. Cada viaje, safari, o exploración, es una entidad, es diferente de todos los demás viajes. Tiene personalidad, temperamento, individualidad, carácter único. Un viaje es una persona en sí; no hay dos iguales. Y los planes, las salvaguardas, el control y la coerción son todos infructuosos. Descubrimos tras años de lucha que no hacemos un viaje: es el viaje el que nos hace a nosotros. Guías, programas, reservas, cosas obligadas e inevitables, naufragan y se hunden ante la personalidad del viaje. Sólo cuando admite esto puede el vagabundo de pura cepa relajarse y asumirlo. Sólo entonces se disipan las frustraciones. En esto un viaje es como el matrimonio. La forma segura de equivocarse es pensar que lo controlas. Me siento mejor ahora, después de haber dicho esto, aunque sólo los que lo han experimentado lo entenderán.

De “Viajes con Charley”, de John Steinbeck

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Cuadernos de viaje

marzo 6, 2008

Navegando a la deriva he llegado a dos vídeos de youtube que muestran sendos cuadernos de viaje del arquitecto Álvaro Carnicero.

Este es de un viaje a Polonia:

Este otro de un viaje a León:

En su página en flickr se pueden ver preciosos dibujos. (Recomiendo especialmente el uso de PicLens, plugin que ya vimos en otra ocasión en Ladridos).

Cuatro teorías para una librería total, de Jorge Carrión.

febrero 21, 2008

¡Qué placer encontrar una alabanza a las librerías como esta!

Me dedico aquí a presentar su primera parte “Teoría del hotel y del caos”, que me ha encantado. El comienzo, aludiendo al viaje como encuentro, es maravilloso. El texto completo se puede leer en la página del autor: aquí.

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1. Teoría del hotel y del caos.

La epifanía del viaje es el encuentro. Entre dos personas (dos cuerpos, dos biografías), entre el viajero y un espacio (quieto) y entre un viajero y un tiempo (transitorios). La librería es al mismo tiempo un lugar de paso y un contexto sedentario. En su afán devorador, el supermercado de libros integra los elementos que han individualizado a la librería tradicional. La cafetería o el trato personalizado son, una vez imitados, reproducidos en serie. Pierden así su aura. Sin embargo, hay elementos cuya copia no es posible. Por ejemplo, las fachadas pintorescas, vetustas, idóneas para la postal. O por ejemplo la tendencia a convertirse en hoteles.

Todo el párrafo anterior se vuelve espacio en la librería más famosa del mundo: la Shakespeare & Co. de París. Hay otra en Nueva York, pero la del Viejo Continente continúa siendo la mítica. Cuenta George Whitman, su alma máter, que desde que leyó por primera vez al viajero francés Michel Peissel deseó conocerlo; cuando éste finalmente visitó la librería del número 37 de la Rue de la Bûcherie, le confesó que ya se habían conocido mucho tiempo atrás, porque en la adolescencia el futuro trotamundos había frecuentado aquellos mismos anaqueles: habían sido precisamente los relatos de viajeros que allí había comprado los que habían provocado sus ansias de partir. Era un doble encuentro con el origen. El del escritor con la librería donde se gestó su vocación y el del librero con el recuerdo de sus tiempos de vagabundo. Whitman sostiene que su local se convirtió en hotel porque de algún modo debía devolver la hospitalidad que él había recibido en su juventud sin domicilio. Por eso su lema es: “Be not inhospitable to strangers lest they be angels in disguise”.

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Abrió en 1951, en un edificio que en siglo XVI era un monasterio. Con el tiempo la planta baja fue absorbiendo los metros cuadrados adyacentes: tres locales comerciales y tres viviendas se han fundido en un “wonderland of books” (Henry Miller dixit). ¿Con qué objetivo? Con el de succionar todo lo que tiene que ver con el libro. El té o el café de la tarde. La biblioteca personal y la pública. El sofá y la cama para los invitados. En Shakespeare and Company se organizan presentaciones de libros, festivales, talleres. A ningún escritor con ganas de trabajar se le niega el alojamiento. En la reciente película Antes del atardecer aparece retratada en su doble esencia: embajada anglosajona y nido romántico. Porque nunca se integró completamente en la cultura francesa, tal vez por fidelidad a Hemingway, Pound, Gertrude Stein o Joyce, que frecuentaron la Shakespeare and Co. de Sylvia Beach, su precedente directo, porque en el legendario establecimiento de entreguerras se inspiró Whitman para su proyecto (su librería se llamó inicialmente Le Mistral).

Hay otra característica de la librería tradicional que no puede ser clonada por las superficies comerciales: la tendencia al caos. Obviamente, la informatización del mundo controla el impulso natural de una librería al desorden, a la enumeración caótica: al laberinto. Sin embargo, la librería parisina es puro desorden disfrazado de clasificación. Los espejos y los cuadros colaboran a ese ambiente saturado, tan propio de las librerías de viejo. Una sensación similar se tiene al entrar en la mejor librería de Sydney, Gleebooks: te salta a los ojos un calidoscopio abigarrado de lomos multicolores, estanterías de color cerezo, moqueta verde, portadas dedicadas por escritores expuestas en las paredes… Pronto, no obstante, descubres el orden, que te lleva –a través de unas escaleras con placas que recuerdan varios premios al mejor “bookseller of the year” desde su apertura en 1975– hasta la buhardilla donde se hacen presentaciones de libros y lecturas públicas. Se diría que en la librería tradicional el caos tiene que figurar, aunque sólo sea en apariencia. Forma parte de lo humano. No hay librería impostora más fácil de detectar que aquella que ofrece libros perfectamente apilados y debidamente precintados.