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San Jorge y el dragón

septiembre 1, 2008

En el siglo XX a.C., en un lago cerca de la ciudad de Silene, en Libia, vivía un dragón. Con frecuencia, se arrastraba hasta las murallas de la ciudad, envenenando con su aliento a todo aquel que se le acercara. Para apaciguar al dragón, cada día le sacrificaban un cordero y una víctima humana. Aconteció entonces que echando a suertes qué hombre o qué mujer serían ofrecidos al dragón, un día la suerte recayó en Sabra, la hija del rey, que aceptó estoicamente su desgracia por el bien de la ciudad. No obstante, cuando se encaminaba al lago para cumplir su fatal destino, San Jorge llegó montado en su caballo y preguntó a Sabra el motivo de su tristeza. Fue entonces cuando apareció el dragón y Jorge arremetió valientemente con su lanza, hiriéndolo aunque sin matarlo. El caballero rodeo el cuello del dragón con el cinturón de la princesa para llevarlo triunfalmente a la ciudad, donde le dio muerte con un certero golpe de espada en presencia del pueblo que le aclamó como un héroe.

Esto es aproximadamente lo que se cuenta en “La leyenda dorada“, una coleccion de relatos hagiográficos reunidos por Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova a mediados del siglo XIII.

El cuadro que ilustra esta entrada en el blog es de Paolo Uccello y se encuentra en la National Gallery de Londres. Otra versión menos espectacular que el  pintor sobre el mismo tema se puede encontrar en el museo Jacquemart-André de París.

Además de la siempre útil Wikipedia, me he valido del libro “Pinturas que cambiaron el mundo” de Klaus Reichhold y Bernhard Graf.

La batalla de San Romano, de Paolo Uccello

diciembre 6, 2007

La Batalla de San Romano - Paolo Uccello

En un país donde no existía un auténtico poder central. Donde el Emperador hacía sólo breves visitas desde Alemania. Donde el Papa no tenía más poder que cualquiera de los otros príncipes. En ese periodo de guerra contínua en el que la cultura del Renacimiento tuvo su mayor esplendor, surgió la figura del condotiero.

Continúan cabalgando a través de Italia entera, desafiándonos a su olvido. Así, en Venecia, sobre la Plaza de San Giovanni y Paolo, el rudo rostro de Bartolomeo Colleoni, encuadrado en su yelmo abierto, impresiona al viajero por su terrible mirada. El propio Colleoni asegura su inmortalidad por obra del colosal bronce de Verocchio, comúnmente considerado como la más bella estatua ecuestre del mundo. Y otra estatua, igualmente prestigiosa, se localiza a no muchos kilómetros de allí, en Padua, sobre la plaza del Santo: se trata de la obra maestra de Donatello, el primer gran bronce del Renacimiento, el primer bronce fundido desde la Antigüedad. Esta vez el caballero es Erasmo de Narni, de sobrenombre “Gattamelatta”. En la catedral de Florencia, es Hawkwood, el Inglés, quien cabalga hacia la eternidad en un fresco de Paolo Uccello.

 

En el siglo XV, Italia estaba en manos de la Iglesia y unas cuantas repúblicas. Para mantener el ritmo de constantes disputas no era suficiente enrolar ejércitos bajo el principio de la leva feudal, salvo para un breve periodo de peligro. Fue entonces cuando se recurrió a los mercenarios, y con ellos a los servicios del Condottiero (del latín conducere, condurre en italiano, el que conduce, organiza, proporciona).

Por medio de una condotta o contrato el gobernante se comprometía a pagar semanal o mensualmente al condotiero, especificando cómo se repartirían los botines y la caballería e infantería que el condotiero prometería aportar. El condotiero garantizaba que lucharía del lado de su patrón mientras no cesara su paga. Tan pronto como éste dejara de pagarle, el contrato perdería su valor y el condotiero podría ofrecerse junto a sus tropas a cualquier otra facción. El condotiero, como soldado profesional sólo temía una cosa: la paz. Dicen que una vez un condotiero dio una limosna a un mendigo que se lo agradeció diciendo “Que la paz sea contigo”. Indignado, el condotiero se giró y maldiciendo al mendigo le arrebato su moneda.

Este es el contexto de La Batalla de San Romano, de Paolo Uccello. Hace quinientos años, este cuadro colgaba en el Palacio Medici de Florencia junto a otros dos paneles pintados también por Uccello con motivo de esta batalla. Ahora se expone en la National Gallery de Londres, mientras que los otros dos se encuentran en la Galería de los Uffizi de Florencia, y en el Louvre en París.

Niccolò Mauruzi da Tolentino es el nombre del condotiero que guía las tropas florentinas contra sus rivales de Siena. Uccelo pinta a Tolentino tocado con un sombrero rojo que difícilmente usaría en la batalla en realidad. Más bien sería apropiado para las recepciones oficiales, o para pasar revista a sus tropas. Sin embargo, no es el realismo el objetivo de Uccello. El verdadero fin del cuadro es servir de propaganda visual y en particular celebrar las hazañas de Niccolò Mauruzi da Tolentino.

El artista trabaja una calculada composición en perspectiva, característica más llamativa de la obra, en la que las lanzas no están colocadas aleatoriamente, y en la que cabe de destacar al soldado que yace a la izquierda de la escena, pues se trata de un escorzo impresionante en esa época. Se cuenta que Uccello llegó a contar a su esposa, tras negarse a ir a la cama con ella, que la perspectiva era su amante favorita.

Si un estudiado cálculo de distancias sirvió para alabar a Niccolò Mauruzi da Tolentino, estos también dieron lugar al desarrollo de la artillería, la cual cambiaría la forma de hacer la guerra. Fue el fin de los condotieros, que quedaron relegados a la inmortalidad dada por el arte. Ya sea en una plaza de Venecia, o en museo de Londres.