Posts Tagged ‘mil y una noches’

Historia de los dos que soñaron

noviembre 1, 2009

El historiador arábigo El Ixaquí refiere este suceso:

«Cuentan los hombres dignos de fe (pero sólo Alá es omnisciente y poderoso y misericordioso y no duerme), que hubo en El Cairo un hombre poseedor de riquezas, pero tan magnánimo y liberal que todas las perdió menos la casa de su padre, y que se vio forzado a trabajar para ganarse el pan. Trabajó tanto que el sueño lo rindió una noche debajo de una higuera de su jardín y vio en el sueño un hombre empapado que se sacó de la boca una moneda de oro y le dijo: “Tu fortuna está en Persia, en Isfaján; vete a buscarla.” A la madrugada siguiente se despertó y emprendió el largo viaje y afrontó los peligros de los desiertos, de las naves, de los piratas, de los idólatras, de los ríos, de las fieras y de los hombres. Llegó el fin a Isfaján, pero en el recinto de esa ciudad lo sorprendió la noche y se tendió a dormir en el patio de una mezquita. Había, junto a la mezquita, una casa y, por el Decreto de Dios Todopoderoso, una pandilla de ladrones atravesó la mexquita y se metió en la casa, y las personas que dormían se despertaron con el estruendo de los ladrones y pidieron socorro. Los vecinos también gritaron, hasta que el capitán de los serenos de aquel distrito acudió con sus hombres y los bandoleros huyeron por la azotea. El capitán hizo registrar la mezquita y en ella dieron con el hombre de El Cairo, y le menudearon tales azotes con varas de bambú que estuvo cerca de la muerte. A los dos días recobró el sentido en la cárcel. El capitán lo mandó buscar y le dijo: ‘¿Quién eres y cuál es tu patria?’ El otro declaró: ‘Soy de la ciudad famosa de El Cairo y mi nombre es Mohamed El Magrebí’. El capitán le preguntó: ‘¿Qué te trajo a Persia?’ El otro optó por la verdad y le dijo: ‘Un hombre me ordenó en un sueño que viniera a Isfaján, porque ahí estaba mi fortuna. Ya estoy en Isfaján y veo que esa fortuna que prometió deben ser los azotes que tan generosamente me diste.’

»Ante semejantes palabras, el capitán se rió hasta descubrir las muelas del juicio y acabó por decirle: ‘Hombre desatinado y crédulo, tres veces he soñado con una casa en la ciudad de El Cairo en cuyo fondo hay un jardín, y en el jardín un reloj de sol y después del reloj de sol una higuera y luego de la higuera una fuente, y bajo la fuente un tesoro. No he dado el menor crédito a esa mentira. Tú, sin embargo, engendro de una mula con un demonio, has ido errando de ciudad en ciudad, bajo la sola fe de tu sueño. Que no te vuelva a ver en Isfaján. Toma estas monedas y vete.’

«El hombre las tomó y regresó a la patria. Debajo de la fuente de su jardín (que era la del sueño del capitán) desenterró el tesoro. Así Dios le dio bendición y lo recompensó y exaltó. Dios es el Generoso, el Oculto.»

(Del libro de Las mil y una noches, noche 351)

Leído en “Historia universal de la infamia”, de Jorge Luis Borges.

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Cuento del anciano agradecido

diciembre 7, 2007

Dicen que ya anciano Ibn-Al Hadur fue una tarde al palacio del califa Harun al-Rashida a pedirle un favor. Su cuerpo envejecido difícilmente podía realizar los trabajos que durante años el califa le encomendaba, y la fatiga que últimamente sentía hacía que ya sólo añorase poder reposar tranquilo los años de vida que le quedasen.

El califa se apiadó de este anciano sin familia ni descendientes que durante más de sesenta años tan bien le había servido. Le dispensó de sus trabajos y le asignó una paga mensual que le permitiría vivir desahogadamente el resto de sus días.

Meses más tarde, el viejo volvió al palacio. Sabía que no tenía derecho a pedir más favores al magnánimo califa, pero al no tener a nadie a su alrededor, acudió a él para contarle un problema. El anciano no tenía familia, y todo su tiempo lo había dedicado a servir a su señor. Ahora, retirado, estaba muy solo.

El califa tras meditar sobre la soledad del anciano, ordenó a uno de sus criados más jóvenes que una vez al día fuera a casa del viejo a leerle un cuento, para que de este modo le hiciese compañía.

Pocos días más tarde, el viejo volvió al palacio. Quería agradecer al califa lo que había hecho por él, ya que las visitas del joven y las historias que este le contaba habían hecho que ya no hubiese vuelto a sentirse solo.

El califa indicó al anciano que bien hacía en venir a agradecérselo, pues era él quien enviaba cada día al joven criado a visitarlo a su casa. Sin embargo, también le hizo saber que era menester agradecérselo al criado, pues si bien este iba por voluntad de su señor, la perfección con que desempeñaba su labor era toda mérito del joven.

Anónimo del siglo XXI