Cuatro teorías para una librería total, de Jorge Carrión.

¡Qué placer encontrar una alabanza a las librerías como esta!

Me dedico aquí a presentar su primera parte “Teoría del hotel y del caos”, que me ha encantado. El comienzo, aludiendo al viaje como encuentro, es maravilloso. El texto completo se puede leer en la página del autor: aquí.

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1. Teoría del hotel y del caos.

La epifanía del viaje es el encuentro. Entre dos personas (dos cuerpos, dos biografías), entre el viajero y un espacio (quieto) y entre un viajero y un tiempo (transitorios). La librería es al mismo tiempo un lugar de paso y un contexto sedentario. En su afán devorador, el supermercado de libros integra los elementos que han individualizado a la librería tradicional. La cafetería o el trato personalizado son, una vez imitados, reproducidos en serie. Pierden así su aura. Sin embargo, hay elementos cuya copia no es posible. Por ejemplo, las fachadas pintorescas, vetustas, idóneas para la postal. O por ejemplo la tendencia a convertirse en hoteles.

Todo el párrafo anterior se vuelve espacio en la librería más famosa del mundo: la Shakespeare & Co. de París. Hay otra en Nueva York, pero la del Viejo Continente continúa siendo la mítica. Cuenta George Whitman, su alma máter, que desde que leyó por primera vez al viajero francés Michel Peissel deseó conocerlo; cuando éste finalmente visitó la librería del número 37 de la Rue de la Bûcherie, le confesó que ya se habían conocido mucho tiempo atrás, porque en la adolescencia el futuro trotamundos había frecuentado aquellos mismos anaqueles: habían sido precisamente los relatos de viajeros que allí había comprado los que habían provocado sus ansias de partir. Era un doble encuentro con el origen. El del escritor con la librería donde se gestó su vocación y el del librero con el recuerdo de sus tiempos de vagabundo. Whitman sostiene que su local se convirtió en hotel porque de algún modo debía devolver la hospitalidad que él había recibido en su juventud sin domicilio. Por eso su lema es: “Be not inhospitable to strangers lest they be angels in disguise”.

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Abrió en 1951, en un edificio que en siglo XVI era un monasterio. Con el tiempo la planta baja fue absorbiendo los metros cuadrados adyacentes: tres locales comerciales y tres viviendas se han fundido en un “wonderland of books” (Henry Miller dixit). ¿Con qué objetivo? Con el de succionar todo lo que tiene que ver con el libro. El té o el café de la tarde. La biblioteca personal y la pública. El sofá y la cama para los invitados. En Shakespeare and Company se organizan presentaciones de libros, festivales, talleres. A ningún escritor con ganas de trabajar se le niega el alojamiento. En la reciente película Antes del atardecer aparece retratada en su doble esencia: embajada anglosajona y nido romántico. Porque nunca se integró completamente en la cultura francesa, tal vez por fidelidad a Hemingway, Pound, Gertrude Stein o Joyce, que frecuentaron la Shakespeare and Co. de Sylvia Beach, su precedente directo, porque en el legendario establecimiento de entreguerras se inspiró Whitman para su proyecto (su librería se llamó inicialmente Le Mistral).

Hay otra característica de la librería tradicional que no puede ser clonada por las superficies comerciales: la tendencia al caos. Obviamente, la informatización del mundo controla el impulso natural de una librería al desorden, a la enumeración caótica: al laberinto. Sin embargo, la librería parisina es puro desorden disfrazado de clasificación. Los espejos y los cuadros colaboran a ese ambiente saturado, tan propio de las librerías de viejo. Una sensación similar se tiene al entrar en la mejor librería de Sydney, Gleebooks: te salta a los ojos un calidoscopio abigarrado de lomos multicolores, estanterías de color cerezo, moqueta verde, portadas dedicadas por escritores expuestas en las paredes… Pronto, no obstante, descubres el orden, que te lleva –a través de unas escaleras con placas que recuerdan varios premios al mejor “bookseller of the year” desde su apertura en 1975– hasta la buhardilla donde se hacen presentaciones de libros y lecturas públicas. Se diría que en la librería tradicional el caos tiene que figurar, aunque sólo sea en apariencia. Forma parte de lo humano. No hay librería impostora más fácil de detectar que aquella que ofrece libros perfectamente apilados y debidamente precintados.

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